Ética de la reciprociad, la regla de oro para la horizontalidad en las relaciones.

La psicología entiende la reciprocidad como una manera conseguir la felicidad de la generalidad procurando minimizar los daños que se puedan causar. Vendría a ser aquello de “no hagas a los demás, lo que no deseas que te hagan a ti”. Como dirían los cristianos, Lucas 10:27  “Ama al prójimo como a ti mismo.”, como diría Hannibal Leckter “Quid pro quo” o como dirían en Tu y yo y todos los demás: Back and forth.

back and forth

Reiner definía esta ética de la reciprocidad en términos de placer y moralidad, la regla de la empatía (que parte de nuestros deseos o temores) ‘Lo que tu mismo temas no lo hagas a los demás’ y la regla de la equidad (que parte de nuestros valores) ‘Lo que reprochas a otros no lo hagas tu mismo’. Enno Winkler incluyó la ética de la reciprocidad como mandamiento dentro de las relaciones interpersonales.

Si no hay reciprocidad  se establencen relaciones verticales, relaciones donde una persona ostenta el privilegio del poder sobre la otra. Y yo eso, lo llevo mal remal. Porque yo soy muy del cuidar, de tener en cuenta, de no decir las cosas para no incomodar y a veces esta actitud me sitúa en lugares en los que no quiero estar.

A la ética de la reciprocidad la llaman La regla de Oro y por algo será. Básicamente porque si no se cumple esa regla, acaba cayéndose en el altruismo y ojo con ello. Según la RAE el altruismo es: Diligencia en procurar el bien ajeno aún a costa del propio. Sí, a costa del bien propio. La wikipedia lo define como: Comportamiento que aumenta las probabilidades de supervivencia de otros a costa de una reducción de las propias. ¡Ahí es nada! Ahí queda, resumido en palabras elegantes lo que suele pasarme a mí. Que soy muy del cuidar a mi gente, del comprenderlo todo, del “cuéntame y ya, si eso, luego yo te pongo al día de mis movidas” y ese: ‘ya si luego…’  pues acaba por no llegar jamás. Y así una se acostumbra a tragar, tragar, tragar, hasta explotar. Y suelo explotar sola en mi casa, para no molestar, claro.  Y todo, por no hacerle caso a la maldita ética de la reciprocidad y ser capaz de hacer algo básico: Si mi amigx está mal quiero que me lo diga, ¿no? Pues yo debería ser capaz de hacer lo mismo. A veces, no estaría de más recordar las reflexiones de Ayn Rand sobre La virtud del egoismo. “Para saber decir “Yo te quiero” primero hay que saber decir YO” 

Sin embargo, por muy fan que sea de Ayn Rand siempre me siento medio mal cuando reflexiono sobre el egoismo. Tengo una especie de moral cristiana excesivamente cañera en ese aspecto y la culpa me reconcome si se me ocurre posicionarme como virtuosa del egoismo. Por suerte siempre que algo nos angustia podemos recurrir a la historia o a la filosofía y darnos cuenta de que alguien pensó eso antes que nosotras, en este caso Thomas Nagel propuso repensar el altruismo en clave de ética de la reciprocidad. Y puede que sea el punto.

I love ’em all and all of them love me. Because the system works, The system called reciprocity…

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