Agresiones y silencio.

El café de hoy me lo voy a tomar de un modo mucho más terapeutico. Y es que como diría mi amiga Carmen, que es muy malaguita ella: menuda peshá llorar. Una pasa por la vida sorteando cientos de situaciones complejas y más si incluimos en ello una relación de 10 años como fue la mía. Pero que alguien escriba en un texto palabra a palabra, situación a situación cosas traumáticas que has ido viviendo, consigue al final partirte el alma.

Y claro que nos ocurren cosas. Muchas feministas hemos tenido (voy a hablar todo el rato en primera persona del plural, independientemente de si a mí me han pasado o no) compañeros sentimentales que nos han maltratado psicológicamente, que nos han presionado para tener sexo de forma habitual o que incluso nos han intimidado y agredido físicamente; excompañeros o examantes que no han atendido nuestro deseo de romper todo contacto con ellos y han seguido acosándonos; a casi todas (si no a todas) las feministas nos ha pasado que un desconocido nos diga una obscenidad, nos toque el culo, nos saque la polla o nos siga de noche por la calle y no hayamos podido responder; a muchas el jefe u otros hombres con poder de nuestro entorno profesional nos han tratado con lascivia y nos han hecho insinuaciones sexuales… Y esas son sólo algunas de las caras de la violencia machista que enfrentamos las mujeres, también las feministas.

El fragmento citado arriba es de un artículo maravilloso publicado por Diagonal Periodico.

He tomado la decisión de hacerlo público. Y he de reconocer que me da miedo, me aterra que esto se haga público, llegue a él de algún modo y vuelva atrás. Que me afecte, que vuelva a sentirme pequeña, que dude de mi, que crea que magnifico lo sucedido, que crea que fue mi culpa. Pero lo que más miedo me da, es las consecuencias que puedan haber si él lee esto. Me aterra que pretenda retomar el contacto conmigo para aclararlo, que se enfurezca, que me odie, que me busque… Por otro lado se que debo hacerlo.

Imatge

Mantuvimos una relación estable durante más de 10 años. Una relación relativamente abierta, liberal, en la que incluíamos juegos con otras personas, juegos de D/s y en alguna ocasión también de S/M. Nos gustaba explorar. Yo siempre he sido de documentarme, de leer, de hacer las cosas bien. Así que antes de nada me empapé bien, porque como es obvio tenía mis dudas y mis miedos. Conocí en su día a una adorable Dómina barcelonesa que me habló de como gestionar esos juegos para que fueran Sanos, Seguros y Consensuados. Esa es la parte que más me importaba. Aprendí un código de colores, aprendí lo que es la palabra de seguridad. Lo hablamos y como adolescentes emocionados empezamos a comprar en Stockroom un montón de juguetes para experimentar.

Hoy se, por experiencia y por miles de charlas con amigas de tendencia sumisa,  que hay que tener mucho cuidado con las relaciones que se establecen dentro del mundo del BDSM. Muchos de esos supuestos dominantes pretenden llevar el juego más allá de la cama y sin darte cuenta acabas metida en una relación llena de anulación y maltrato.

Yo creía que todo iba más o menos bien, hasta que empecé a notar que cada vez se me exigía más. Llegar más lejos y superarse a uno mismo no está mal, siempre que sea en algo que realmente quieres hacer. Una noche jugando el me vendó los ojos y me ató las manos a la cama. Yo perdí todo contacto con la realidad. Sólo podía escuchar y sentir. No se si habeis experimentado eso alguna vez, pero os aseguro que es necesaria una confianza plena para poder disfrutarlo, porque todo se magnifica muchísimo. En un momento empecé a sentir algo metálico y frío sobre mi piel. No sabía lo que era pero parecía como que cortaba  y pinchaba y yo me acojoné. La realidad era que no era más que un pinwheel. Pero yo no lo sabía y empecé a ponerme nerviosa, me sentía indefensa, vulnerable, no sabía si era un cuchillo y empecé a sentir miedo. No porque el pudiera volverse loco y clavarmelo, ni mucho menos, sabía que eso no iba a pasar. Pero temía un posible accidente, me daba miedo hacernos daño, me sentíá totalmente indefensa. Pedí parar. Usé la palabra de seguridad. Lo pedí dos, tres, cuatro veces… nada. Lloré y grité. Me puse histérica. Quería parar como fuera, empecé a moverme bruscamente, empecé a dar patadas mientras gritaba como una poseída: He dicho stop! es la palabra de seguridad y quiero parar! El seguía, solo decía: ¡Tienes que confiar en mi! ¿No confias en mi? ¡Enfréntate a tus miedos! Después de minutos de lucha, patadas y algún que otro golpe probablemente en su cara…  conseguí que se apartara de mi y me quitara la venda de los ojos. Yo no podía apenas respirar, solo gritaba: Suéltame!!! El se puso serio y me dijo, Estás histérica, no voy a soltarte hasta que no te calmes. Luché por soltarme sola… no podía así que intenté calmarme y respirar hondo. Me soltó. Y yo entré en crisis, me desplomé. Sólo podía repetir: No has parado. No voy a poder volver a confiar en ti. Nunca. Nunca. 

Pasé meses en los que no podía explorar esa parte de mi sexualidad. No se lo conté a nadie. Al cabo de un tiempo hablando con una amiga sobre su relación con otro dominante, me abrí y ella había vivido cosas similares. Hablando otra gran amiga me lo dijo claro: Eso es una agresión sexual. Tu digiste no, digiste basta y él siguió. Estabas indefensa y abusó de su poder en una situación sexual sin consenso. Pero, ¿cómo iba yo a llamarle a eso agresión sexual? En ese momento, él seguía siendo mi pareja, yo me veía incapaz de decir en voz alta: Mi novio me ha agredido sexualmente. Ha abusado de mi. ¿a quien le cuentas eso? Y… ¿cómo van a juzgarme? me daba un miedo horrible explicarselo a algún amigo no vinculado con el mundillo del BDSM y saber que iba a pensar de mi algo tipo: eres una tía rara a la que le gusta que le zurren y la aten… eso te pasa por zorra!

Después de esa noche nunca nadie me ha vuelto a atar. Puede que en un futuro le permita a alguien hacerlo… es una cosa que quiero superar. No voy a permitir que él me arrebate el derecho al goce de mi sexualidad.

Desde aquí Gracias a todxs lxs que luchan por visivilizar y acabar con estas situaciones. Gracias de las de verdad, de las que salen de lo más íntimo y profundo, de las que se dan entre lágrimas. Me ha costado mucho poder hablar claro sobre esto. Y artículos como el anterior dan fuerza, dan fuerza para ver que no estamos solas, que somos muchas las puteadas por esta mierda de sistema y que el silencio no ayuda.

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